jueves, 9 de marzo de 2017

Qué triste la vida del que no puede soñar

Qué triste la vida del que no puede soñar,
del que ni siquiera trata del suelo despegar,
del que hace y deshace su esencia para no decepcionar,
del que enumera hechos y datos antes de amar.

Qué triste la vida del que le faltan alas para volar,
del ve la vida de un sólo color,
del que mira en menos al artista, al pintor, al escritor,
del que rehusa una existencia mas etérea, un día sin agenda, una mística sin explicar.

No te envidio abogado de la verdad, cuñado de la razón, verdugo de la alucinación,
te presto mis alas, las ato a tu espalda y te empujo al vacio,
deja atrás el hastío, la ecuación, las reglas y entrégate al corazón.
Comprueba con tu ciencia la belleza de dejarte llevar, deja que tu cálculo trate de explicar tu palpitar,
cuando desde lo alto lo veas todo más claro e informal,
cuando no extrañes tu calendario, tu gris, tu responsabilidad.

Devuélvemelas sanas y salvas y con un beso retorna a tu nidal de hechos y datos imposibles de debatir,
recuerda el día en el que una soñadora te tiró al vacio a tus alas batir,
cuando entre un montón de nada te sentiste más vivo que nunca al fin.

Toma mi mano si quieres de nuevo abandonarlo todo,
si al cosmos que estudias quieres llegar,
si te falta el combustible para emprender el vuelo,
recuerda luego,
que quien te enseñó a soñar,
sabe mucho de inciertos y de datos poco,
pero llena tus sesos de espuma rosa pomposa,
de misterios, locuras y cantar.

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